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martes, 23 de diciembre de 2008

60 años de promesas incumplidas

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El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas alumbró un texto destinado a convertirse en un ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse. Llegó bajo los peores auspicios, con un mundo desangrado por la II Guerra Mundial y muchas zonas sometidas al yugo de la colonización. Eleanor Roosevelt estuvo al frente de la Comisión de Derechos Humanos encargada de proclamar los 30 artículos de la Declaración Universal.

“Se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de palabra y de la libertad de las creencias.” Estas palabras están sacadas del texto de la Declaración. Han pasado 60 años y cada día se observa que sus postulados frecuentan más el limbo de la teoría que la crudeza de la práctica.
Aún así, la Declaración suponía un paso trascendental de un alcance revolucionario. De ello eran conscientes los contados países que rehusaron unirse al consenso en la adopción de la declaración, entre ellos, la Unión Soviética, Sudáfrica y Arabia Saudí. Se trataba de dejar atrás una tradición centenaria de relaciones internacionales basadas en una concepción rígida de la soberanía absoluta del Estado en el orden interno, incluso cuando conducía a toda clase de tropelías contra los seres humanos.
En 1945 la Carta de San Francisco establece la creación de la Organización de Naciones Unidas. Dentro de esta nueva organización fue Eleanor Roosevelt, la viuda del desaparecido presidente, la encargada de presidir, al frente de la recién establecida Comisión de Derechos Humanos, la elaboración y aprobación del documento que recogería los derechos de todos los ciudadanos y ciudadanas por igual. No resultó fácil. Se enfrentaban diversas concepciones políticas, culturas jurídicas y sociales, tradiciones filosóficas y religiosas, y el ambiente enrarecido de la posguerra complicaba notablemente la tarea.
Para el continente africano, convertido hoy en un paradigma de la violación de derechos y la pobreza extrema, supuso un cambio de enorme envergadura. Coincidió la redacción del texto con el proceso de descolonización y el apartheid en Sudáfrica. Nelson Mandela declaraba “Las sencillas y nobles palabras de la Declaración Universal fueron un repentino rayo de esperanza en uno de nuestros momentos más sombríos. Este documento nos ha servido de faro luminoso e inspiración. Era la prueba de que no estábamos solos, sino que formábamos parte de un movimiento mundial en contra del racismo y el colonialismo y a favor de los derechos humanos y la justicia.”
A la Declaración Universal se han sumado los dos pactos internacionales de 1966, de Derechos Civiles y Políticos y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, junto con otras declaraciones que venían a perfilar mejor el alcance de los derechos humanos, desde la lucha contra la discriminación racial o la discriminación de la mujer, hasta la protección de los derechos del niño.
Pero a pesar de los avances, la injusticia, la desigualdad y la impunidad siguen siendo los rasgos distintivos de nuestro mundo, y los gobiernos arrastran un triste legado de traición a estos principios.
La organización internacional se ha ido dotando de instituciones y órganos de supervisión, bien en el ámbito universal del Consejo de Derechos Humanos como en el ámbito regional con el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos y sus correspondientes interamericano y africano. El número de países que brindan protección constitucional y jurídica a los derechos humanos es mayor que nunca. La pena de muerte se dirige hacia la abolición total, el mercado internacional de armas va camino de ser regulado y cada día el mundo es más pequeño para los perpetradores de crímenes atroces contra la Humanidad. Y sin embargo, ante numerosas y acuciantes crisis que salpican el planeta, no existe una visión común entre los líderes mundiales para hacer frente a los retos contemporáneos que plantea la defensa de los derechos humanos en todos los rincones del mundo.
Mientras los mercados financieros mundiales se tambalean, los intereses de los pobres caen en el olvido. La pobreza es la más grave y extendida crisis de derechos humanos que vivimos, pero no hay voluntad política para hacerle frente. Al menos dos mil millones de ciudadanos siguen viviendo en la pobreza, luchando para conseguir agua, alimentos y vivienda.
Al igual que en 1948, la Declaración Universal es hoy, según reza su cláusula inicial, un “ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse.” La diferencia es que ahora existe un movimiento global de ciudadanos que pide a sus dirigentes que adquieran de nuevo el compromiso de respetar y promover los derechos humanos. Aunque al parecer, los líderes mundiales han decidido no escuchar.

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